miércoles, 14 de junio de 2017

CD 180 – Con Voz Propia: Gabriel García Márquez


¿Cómo se Escribe una Novela?

Gabriel García Márquez

Ésta es, sin duda, una de las preguntas que se hacen con más frecuencia a un novelista. Según sea quien la haga, uno tiene siempre una respuesta de complacencia. Más aún: es útil tratar de contestarla, porque no sólo en la variedad está el placer, como se dice, sino que también en ella están las posibilidades de encontrar la verdad. Porque una cosa es cierta: creo que quienes más se hacen a sí mismos la pregunta de cómo se escribe una novela son los propios novelistas. Y también a nosotros mismos nos damos cada vez una respuesta distinta. Me refiero, por supuesto, a los escritores que creen en que la literatura es un arte destinada a mejorar el mundo. Los otros, los que piensan que es un arte destinada a mejorar sus cuentas de banco, tienen fórmulas para escribir que no sólo son certeras, sino que pueden resolverse con tanta precisión como si fueran fórmulas matemáticas. Los editores lo saben. Uno de ellos se divertía hace poco explicándome cómo era de fácil que su casa editorial se ganara el Premio Nacional de Literatura. En primer término, había, que hacer un análisis de los miembros del jurado, de su historia personal, de su obra, de sus gustos literarios. El editor pensaba que la suma de todos esos elementos terminaría por dar un promedio del gusto general del jurado. "Para eso están las computadoras", decía. Una vez establecido cuál era la clase de libro que tenía mayores posibilidades de ser premiado, había que proceder con un método contrario al que suele utilizar la vida: en vez de buscar dónde estaba ese libra, había que investigar cuál era el escritor, bueno o malo, que estuviera mejor dotado para fabricarlo. Todo lo demás era cuestión de firmarle un contrato para que se sentara a escribir sobre medida el libro que recibiría el año siguiente el Premio Nacional de Literatura. Lo alarmante es que el editor había sometido este juego al molino de las computadoras, y éstas le habían dado una posibilidad de acierto de un ochenta y seis por ciento.
De modo que el problema no es escribir una novela -o un cuento corto- sino escribirla en serio, aunque después no se venda ni gane ningún premio. Esa es la respuesta que no existe, y si alguien tiene razones para saberlo en estos días es el mismo que está escribiendo esta columna con el propósito recóndito de encontrar su propia solución al enigma. Pues he vuelto a mi estudio de México, donde hace un año justo dejé varios cuentos inconclusos y una novela empezada, y me siento como si no encontrara el cabo para desenrollar el ovillo. Con los cuentos no hubo problemas: están en el cajón de la basura. Después de leerlos con la saludable distancia de un año, me atrevo a jurar -y tal vez sería cierto- que no fui yo quien los escribió. Formaban parte de un viejo proyecto de sesenta o más cuentos sobre la vida de los latinoamericanos en Europa, y su principal defecto era el fundamental para romperlos: ni yo mismo me los creía.
No tendré la soberbia de decir que no me tembló la mano al hacerlos trizas y luego dispersar las serpentinas para impedir que fueran reconstruidos. Me tembló, y no sólo la mano, pues en esto de romper papeles tengo un recuerdo que podría parecer alentador pero que a mí me resulta deprimente. Es un recuerdo que se remonta a una noche de julio de 1955, a la víspera del viaje a Europa del enviado especial de El Espectador, cuando el poeta Jorge Gaitán Durán llegó a mi cuarto de Bogotá a pedirme que le dejara algo para publicar en la revista Mito. Yo acababa de revisar mis papeles, había puesto a buen seguro los que creía dignos de ser conservados y había roto los desahuciados. Gaitán Durán, con esa voracidad insaciable que sentía anta la literatura, y sobre todo ante la posibilidad de descubrir valores ocultos, empezó a revisar en el canasto los papeles rotos, y de pronto encontró algo que le llamó la atención. "Pero esto es muy publicable", me dijo. Yo le expliqué por qué lo había tirado: era un capítulo  entero que había sacado de mi primera novela, La hojarasca -ya publicada en aquel momento-, y no podía tener otro destino honesto que el canasto de la basura. Gaitán Durán no estuvo de acuerdo. Le parecía que en realidad el texto hubiera sobrado dentro de la novela, pero que tenía un valor diferente por sí mismo. Más por tratar de complacerlo que por estar convencido, le autoricé para que remendara las hojas rotas con cinta pegante y publicara el capítulo como si fuera un cuento. "Qué títulos le ponemos?", me preguntó, usando un plural que muy pocas veces había sido tan justo como en aquel caso. "No sé", le dije. "Porque eso no era más que un monólogo de Isabel viendo llover en Macondo". Gaitán Durán escribió en el margen superior de la primera hoja casi al mismo tiempo que yo lo decía: "Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo". Así se recuperó de la basura uno de mis cuentos que ha recibido los mejores elogios de la crítica y, sobre todo, de los lectores. Sin embargo, esa experiencia no me sirvió para no seguir rompiendo los originales que no me parecen publicables, sino que me enseñó que es necesario romperlos de tal modo que no se puedan remendar nunca.

Romper los cuentos es algo irremediable, porque escribirlos es como vaciar concreto. En cambio, escribir una novela es como pegar ladrillos. Quiere esto decir que si un cuento no fragua en la primera tentativa es mejor no insistir. Una novela es más fácil: se vuelve a empezar. Esto es lo que ha ocurrido ahora. Ni el tono, ni el estilo, ni el carácter de los personajes eran los adecuados para la novela que había dejado a medias. Pero aquí también la explicación es una sola: ni yo mismo me la creía. Tratando de encontrar la solución volví a leer dos libros que suponía útiles. El primero fue La educación sentimental, de Flaubert, que no leía desde los remotos insomnios de la universidad, y sólo me sirvió hora para eludir algunas analogías que hubieran resultado sospechosas. Pero no me resolvió el problema. El otro libro que volví a leer fue La casa de las bellas dormidas, de Yasunari Kawabata, que me había golpeado en el alma hace unos tres años y que sigue siendo un libro hermoso. Pero esta vez no me sirvió de nada, porque yo andaba buscando pistas sobre el comportamiento sexual de los ancianos, pero el que encontré en el libro es el de los ancianos japoneses, que al parecer es tan raro como todo lo japonés, y desde luego no tiene nada que ver con el comportamiento sexual de los ancianos caribes. Cuando conté mis preocupaciones en la mesa, uno de mis hijos -el que tiene más sentido práctico- me dijo: "Espera unos años más y lo averiguarás por tu propia experiencia". Pero el otro, que es artista, fue más concreto: "Vuelve a leer Los sufrimientos del joven Werther", me dijo, sin el menor rastro de burla en la voz. Lo intenté, en efecto, no sólo porque soy un padre muy obediente, sino porque de veras pensé que la famosa novela de Goethe podía serme útil. Pero la verdad es que en esta ocasión no terminé llorando en su entierro miserable, como me ocurrió la primera vez, sino que no logré pasar de la octava carta, que es aquella en que el joven atribulado le cuenta a su amigo Guillermo cómo empieza a sentirse feliz en su cabaña solitaria. En este punto me encuentro, de modo que no es raro que tenga que morderme la lengua para no preguntar a todo el que me encuentro: "Dime una cosa, hermano: ¿cómo carajo se escribe una novela?".

Auxilio

Alguna vez leí un libro, o vi una película, o alguien me contó un hecho real, con el siguiente argumento: un oficial de marina metió de contrabando a su amada en el camarote de un barco de guerra, y vivieron un amor desaforado dentro de aquel recinto opresivo, sin que nadie los descubriera, durante varios años. A quien sepa quién es el autor de esta bellísima historia le ruego que me lo haga saber de urgencia, pues lo he preguntado a tantos y tantos que no lo saben, que ya empiezo a sospechar que a lo mejor se me ocurrió a mí alguna vez y ya no lo recuerdo. Gracias.


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Producción General y Edición: Blanca Curia


martes, 30 de mayo de 2017

CD 179 - Charles Dickens: “Un Amigo para toda la Vida”


Reencuentros con Samuel Pickwick

Julio Cortázar

Un humorista cuyo nombre se me olvida, por razones que acaso Freud conoce, dijo que un prólogo es algo que se escribe después se pone antes y no se lee ni antes ni después.

A riesgo de correr tan amarga suerte, me abandono al placer de una presentación que sé esencialmente inútil frente a una de esas obras que vuelven el mundo más soportable y divertido, cualidades cada día más necesarias pero que una parte capital de la literatura contemporánea deja de lado por razones no menos capitales.

Si el humor es esa ilógica y admirable capacidad humana de hacer frente a la sombra con la luz no para negarla sino para asumirla y a la vez mostrarle que no nos dejaremos envolver por ella. Los papeles póstumos del Club Pickwick valen como uno de esos raros reductos donde el humor se concentra hasta lograr una máxima tensión y una jubilosa eficacia. Traducido a todas las lenguas imaginables forma parte de esa literatura que no se menciona casi nunca en las discusiones trascendentales pero que ocupa un lugar inamovible en la biblioteca del recuerdo en ese sedimento de la infancia y la adolescencia que los críticos suelen dejar de lado para ocuparse de influencias y corrientes más grávidas. Como los personajes de Mark Twain y Lewis Carroll, las imágenes y las aventuras de Samuel Pickwick y sus amigos son el trasfondo inicial de muchas vocaciones literarias valen como intercesores entre la áspera vida que espera en el umbral de la adolescencia y la certeza interior de que el reino de lo imaginario no se detiene ahí y puede seguir llenando de gracia y de ternura nuestro paso por las cosas y los años.

Por todo eso quisiera mostrar a una generación más joven que la mía por qué y cómo siento a Pickwick tan cerca de mí lo más probable es que mi especial relación con su mundo se haya dado o se dará en casi todos sus lectores y por eso no vacilo en entrar en lo autobiográfico allí donde resulta imposible hablar de una obra literaria sin esa, temprana participación personal que domina en la infancia y en la primera juventud cuando leer es vivir los sueños ajenos con la misma fuerza y la misma fascinación que los sueños propios.

No escribo esto como crítico sino como un fiel enamorado participante del mundo pickwickiano, como alguien que a lo largo de su vida ha tornado y retornado a esas páginas que tienen la misma magia de tantas ciudades o paisajes a los que se regresa por nostalgia, por un irresistible llamado a volver a ver a volver a ser eso que se fue en otro tiempo y otra edad.

Quienes me conocen no se extrañarán de que el azar haya tenido alguna intervención en lo que estoy escribiendo. Hace unos meses entré en esa recurrente nostalgia de Pickwick que me asalta cada tantos años pero no tenía tiempo para leerlo con calma y dejé irse los días sin decidirme a empezar algo que sería interrumpido a cada momento. Justamente entonces vi en una librería una nueva edición anotada que no conocía y comprendí que el signo estaba dado y que la hora había sonado. Lo que sonó además fue el teléfono casi al día siguiente con una invitación de los amigos del Círculo de Lectores para que les prologara esta nueva edición española. Como tantas veces en mi vida la casualidad se volvió causalidad y aquí está el efecto. Mi relectura de Pickwick (y van…) se hizo dentro de condiciones privilegiadas pues además de seguir el texto en una edición que tiene el encanto adicional de explicaciones y aclaraciones a veces necesarias y siempre divertidas lo leí con una participación más profunda que nunca ahora que debía precederlo con estas páginas en su versión española. Y la próxima vez -ojalá el tiempo me alcance todavía, ojalá una vez más pueda yo entrar con los alegres caballeros pickwickianos en cualquiera de las posadas donde esperan la risa el ron y las chisporroteantes chimeneas donde todo puede suceder y todo va a volverse cuento, sueño y bien ganado fin de capítulo.

Apenas abrí el libro fue el vertiginoso salto atrás de siempre, mi regreso a la primera lectura de Pickwick en español en una época que ya no alcanzo a situar. Pienso que debía tener once o doce años cuando me cayó en las manos la edición de Sáenz de Jubera que desgraciadamente se quedó en alguna biblioteca de Bánfield o de Buenos Aires ya para siempre fuera de mi alcance. En esa colección de gran formato y textos a doble columna con horrendas tapas ilustradas a todo color figuraba la mayoría de los autores que devoré en esos años y cuyos méritos variaban vertiginosamente aunque mi hambre de lectura no estableciera mayores diferencias entre Víctor Hugo y Eugenio Sue o entre Walter Scott y Xavier de Montepin. Si aún tuviera a mano ese Pickwick podría dar detalles sobre la traducción que supongo tan desenvuelta e inescrupulosa como muchas otras en la misma serie. Si por ejemplo Dostoievski producía la penetrante impresión de haber pasado del ruso al francés y de ahí a Sáenz de Jubera con las consecuencias imaginables, la novela de Dickens había sufrido interesantes transformaciones empezando por la supresión del primer capítulo que el traductor debió estimar poco divertido y siguiendo por el título que se metamorfoseó en Aventuras de Pickwick.

En esa época vi cosas todavía peores, por ejemplo una traducción de Mark Twain que se llamaba jacarandosamente Las aventuras de Masín Sawyer. Si traducir es en cierto sentido recrear, aquello era una recreación en el sentido más jocoso de la palabra.

¿Pero qué importaba? Doce años por un lado y por el otro el genio de un escritor capaz de atravesar todas las barreras idiomáticas: el encuentro fue tan fulminante como maravilloso y el mundo de mi familia y mis amigos entró de inmediato en una penumbra sin el menor interés a tiempo que Samuel Pickwick y Sam Weller, Jingle y Winkle, Snodgrass y Tupman, Arabella Allen y Bob Sawyer irrumpían en mi presente con una alegría y un deslumbramiento que más de un siglo de vida no ha podido empañar. Miro distraídamente tres líneas arriba y releo mi enumeración de varios personajes masculinos y de una sola mujer, enumeración reveladora porque así me llegaron a los doce años cuando entre la nutrida cohorte de los pickwickianos y sus amigos la imagen apenas esbozada de Arabella Allen me enamoró profundamente y asumió una importancia que como acabo de verificarlo en estos días no merece en absoluto. Interesante desde luego como verificación de las diferentes lecturas de un texto y de los muchos lectores que se suceden en un mismo lector ¿Cómo vería yo a lady Rowena si volviera a recorrer las páginas de Ivanhoe, a Cosette si me animara a meterle ojo a Los Miserables?

Cuando fui capaz de leer en inglés busqué Pickwick inmediatamente después de los cuentos de Edgar Allan Poe. Sentía como una deuda moral, una necesidad de conocer cara a cara lo que sólo se me había dado desde un espejo no siempre bien azogado. Comprendí entonces los problemas prácticamente insolubles que planteaba la traducción de un lenguaje como el de los Weller padre e hijo y de los espasmódicos discursos de Alfred Jingle, entre millares de otras dificultades. Pero a la vez me di cuenta de que la enorme y constante ebullición vital que emana de los personajes dickensianos era capaz de saltar cualquier barrera idiomática y llegar al lector con una fuerza apenas disminuida.

Confieso que me cuesta hablar de literatura con amigos que no leen el inglés porque me abruma lo que han perdido en ese ámbito de las letras, por suerte Pickwick es una de las excepciones más consoladoras así como en el otro extremo Alice in Wonderland sigue desafiando con su suave insolencia a los traductores más avezados.

Casi da miedo pensar que Pickwick pudo ser un fracaso pues las condiciones en que fue imaginado y escrito distaban de ser favorables. El autor, que sólo tenía veinticuatro años y muy poca experiencia literaria, aceptó el peligroso desafío de iniciar un libro de aventuras cómicas para el que un célebre ilustrador de la época había preparado ya una serie de grabados en los que aparecían personajes que Dickens debería hacer vivir en la palabra; por si fuera poco era preciso entregar una cuota fija de capítulos para su publicación en forma de fascículos como se estilaba en la época.

Contra estas circunstancias que eran otros tantos chalecos de fuerza, Pickwick nació como si Dickens hubiera tenido todo el tiempo y la veteranía necesarios para hacer lo que le daba la gana y la irresistible fuerza de su invención y su humor dominó el terreno desde el principio; a las pocas páginas el autor era el único dueño de la situación y la alegría de su libertad se tradujo en un torrente de personajes entregados a las aventuras más extravagantes. Si algo fascina al lector desde el comienzo es que también él se ve convertido de inmediato en un miembro del Club Pickwick y su lectura es una constante y agitada participación visual y auditiva en los acontecimientos.

Contrariamente a la mediatización tan frecuente en las novelas del siglo XIX en las que cuidadosos preámbulos y minuciosas descripciones parecen decirnos “no olvide que yo soy el autor y usted el lector”, Pickwick nos lanza casi de inmediato a las calles de Londres y sin explicaciones paternalistas nos invita a subir al mismo coche en el que está trepando Samuel Pickwick para regocijarnos de entrada con el diálogo entre el pasajero y el cochero a propósito del caballo. Este ritmo sólo se romperá de cuando en cuando por la intercalación de relatos independientes casi siempre dramáticos o trágicos pero precisamente por eso la reanudación de las aventuras pickwickianas se vuelve aún más dinámica. Dickens fue siempre un maestro en el arte de ritmar sus novelas como un músico gradúa y alterna los ritmos de una sonata para exaltarnos por contraposición. Sin duda esta rápida entrada en materia, esta invitación tácita a mirar lo que pasa en el escenario como si estuviéramos en él y no en la platea tradicional del lector es lo que hace de Pickwick un favorito de la infancia y la adolescencia. A esta participación nada ceremonial se suman otros encantos; paradójicamente, la obligación peligrosa de entregar un capítulo tras otro al editor le da a Pickwick un desarrollo temporal muy parecido al de la infancia poco atenta a un futuro que no forma parte de sus preocupaciones y sólo interesada en que el presente se despliegue en toda su riqueza y variedad. En ese sentido el joven lector y el ya anciano Pickwick son una misma persona pues ambos viven un ahora permanente, por eso el final de cada aventura tragicómica es como el cierre de un día y el preludio del siguiente sin la menor responsabilidad ni cuidado por todo aquello que tanto pesa en la conciencia del pasado y del futuro de un adulto normal.
La crítica ha querido ver en Samuel Pickwick y su criado Samuel Weller una versión -quizá una derogación- de don Quijote y Sancho Panza. Como el hidalgo manchego, Pickwick tiende a lanzarse a aventuras perfectamente descabelladas como su escudero Samuel Weller hace lo que puede por traerlo del lado del sentido común ¿Por qué no si esos acercamientos y similitudes son uno de los grandes encantos de la literatura? Incluso se ha hecho notar cómo Pickwick, al igual que Alonso Quijano, comienza como un extravagante inofensivo para terminar iluminado por una madurez y una sapiencia que reflejan casi míticamente el itinerario iniciático y el arribo a la cima de toda vida humana bien vivida. Pero desde luego las semejanzas no van más allá de las grandes líneas generales en las que también podríamos hacer entrar a otros personajes análogos como Parsifal o Frodo. Y además, franqueza obliga, las aventuras de Pickwick que más se fijan en nuestra memoria agradecida son aquellas en las que el amable caballero brilla por su tontería, su ingenuidad y su buena fe, así como ciertos molinos de viento giran incansablemente en nuestro recuerdo que en cambio guarda muy poco de los sabios discursos del caballero de la Triste Figura al término de su vida. Somos lo que somos: si el Pickwick del final aparece como más noble y más digno, el que vivirá más en nuestra memoria es aquél que después de franquear insensatamente los muros de un pudoroso pensionado de jovencitas se ve enredado en una situación tan equívoca como hilarante, es aquel que se ingeniará para quedar entre dos regimientos de caballería en maniobras que se aprestan a lanzarse a rienda suelta el uno contra el otro. En el fondo la verdadera razón de la persistencia de Pickwick está en que nos devuelve a la alegre inocencia de la infancia sin ética y sin maldad al mismo tiempo Y el deseo periódico de releerlo viene, creo, del inconsciente deseo de beber en él como en la fuente de Juvencia; lo que esperamos y deseamos es el absurdo delicioso de tantas aventuras pueriles en un mundo de adultos, su final no es más que el resignado reencuentro con nosotros mismos y cerrar el libro vale como el gesto melancólico de ponernos una vez más la corbata antes de volver a nuestro trabajo cotidiano.” 

(Fuente: 


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sábado, 13 de mayo de 2017

CD 178 – Con Voz Propia: Juan Rulfo


Rulfo, Comala y Ayotzinapa

Por Ricardo Hernández Ruiz *

Hay fechas varias. Están las que, por alegóricas, reclaman conmemoración; las hay de quebranto, pero que, como bellas nenúfar, flotan en medio del pantano, enraizándose muy en el fondo de la memoria; y también las nimias, que no llegan ni a hacer lugar.

Este año se cumplen 100 años del nacimiento de Juan Rulfo. Escritor de escasas publicaciones, más no de ideas. Sus libros resultarían ser un punto de inflexión para la literatura mexicana; sobre todo el segundo: Pedro Páramo. Esta señera novela es de esas obras en las que la primera lectura significa, en verdad, apenas comenzar a leerla. Hay tantos elementos por analizar como pasajes hermosos y meticulosamente pensados.

Pedro Páramo trata de la historia de un viaje, uno muy especial: el de la búsqueda de los orígenes del protagonista, Juan Preciado. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. La trama se desenvuelve en medio de escenarios vetustos, erosionados, infértiles y polvosos. Hablamos, si cabe, de un polvo braudeleano: ese que se levanta y se mete en los ojos, impidiendo ver las cosas con claridad. Tal cual ocurre cuando intentamos hacer memoria, especialmente si aquello que ocupa nuestra preocupación tiene un cariz traumático y aún no ha logrado ser significable, transmisible.

El confuso trajinar de Juan Preciado, además, tiene lugar en medio de un pequeño poblado circundado de tragedias múltiples, encarnadas en cada uno de los diferentes personajes: unos en huida eterna, otros aislados, traicionados o asesinados, los más, olvidados.

Todo en Comala es escaso, hasta la existencia. “La entretenía dándole de mamar sus senos, que no tenían nada, que eran como de juguete”. Los personajes, sin excepción, transcurren ‘como si’ no existieran. “–No están ustedes muertos? –les pregunté/ Y la mujer sonrió. El hombre me miró seriamente /–Está borracho –dijo el hombre/ –Solamente está asustado –dijo la mujer.” De ahí que el autor definiera la obra como “una novela de fantasmas”. O de pobres, que, hablando desde México, parece lo mismo. “Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle.” 
Los años posteriores a la publicación de Pedro Páramo, Rulfo pasó desapercibido. Sólo se vendió la mitad del primer tiraje –dos mil ejemplares–, los demás fueron destinados para obsequios; aunque después sería muy diferente. Era un momento de transición. De a poco, la novela postrevolucionaria iba quedándose sin autores ni lectores. Consciente de ello, el también fotógrafo, optó por incursionar en otro género y estructuras.

Como recordó alguna vez Carlos Monsivais, Rulfo no conocía [¿renegaba?] la estrategia del clímax. Una muerte como la de Pascual Duarte en la obra del tremendista José Camilo Cela, para Rulfo no es más que una pauta. Bien sabía que la tragedia por la que estamos pasando, la última no ha de ser, que lo peor siempre está por pasar. Somos un cúmulo de tragedias.

La novela plasmó, como pocas, la condición precaria de los mexicanos, inmersos en la incertidumbre de la (in)existencia propia o ajena. Tal vez, hoy más que nunca en México, la angustia que ello genera se ha propagado por cada recóndito. Se puede percibir un miedo generalizado a ser detenido, levantado, torturado, cateado, asesinado, desaparecido o, peor aún, olvidado.

Al dar lectura al texto es inevitable no sentir alusión alguna. Este mes se cumplen dos años y medio de la desaparición de nuestros 43 compañeros de Ayotzinapa y aún no sabemos el paradero de ninguno de ellos. Esta condena la conocen perfectamente aquellos fantasmas que, al igual que los normalistas, se encuentran en un estado de indefensión, parecen estar “como en espera de algo” que los saque de su permanente letargo. ¿No es acaso toda esta obra un exhorto para “hacer algo” por nuestros muertos, desaparecidos y olvidados?

Ese “algo” debiera ser, como dice Stefan Gandler, el interrumpir la prolongación de la soledad de los muertos y desaparecidos, arrancarlos de las manos del olvido y abrirles un espacio en nuestra memoria individual y colectiva.

No se muere quien se va, sólo muere aquel al que se olvida. 

* Ricardo Hernández Ruiz, militante del Colectivo Ratio.


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Producción General y Edición: Blanca Curia

viernes, 28 de abril de 2017

CD 177 – Veo Imaginaciones


¿Se Puede Imaginar Algo que

No Se Vivió Antes?

“Este trabajo pretende abordar el campo de lo sonoro como un universo sensorial. La magnitud de dicho universo nos lleva a rastrearlo incluso antes del nacimiento, cuando de diversas maneras respondemos a los estímulos sonoros y vibracionales producidos por las voces y sus timbres, constituyendo éstos un elemento determinante para el aprendizaje comunicativo verbal que realiza el ser humano desde sus primeros meses de vida.

“Algunos exámenes de laboratorio han demostrado que las diferencias en el color del tono son las primeras diferencias manifiestas que percibe el oído no adiestrado. Cualquier niño es capaz de distinguir el sonido de la voz humana del sonido del violín (…). Pero se necesita un buen grado de sofisticación musical para poder distinguir el sonido de un oboe al de un corno ingles sonando juntos” (Balsebre, 1994:49).

Más adelante, con el transcurso de los años, esas voces se transformarán en señales que nos ayudarán a decidir global y simultáneamente el carácter no sólo de cómo se dijo algo sino de qué se dijo, es decir, nos ayudarán a entender la palabra misma.”

(…)

“El recorrido de la obra estará guiado por las denominadas Palabras Verbo que, en el caso de nuestro trabajo, representan por separado a cada una de las cápsulas: Imaginar, Volar, Jugar, Caminar y Amar.

A partir de ellas surgirán cada uno de los pasos para la realización, entre los que podemos mencionar al guionado textual; la correspondiente radiofonización del mismo (la adaptación en clave oral del texto escrito); el guionado técnico; la selección de las voces en consonancia con el sentido presupuesto por las palabras verbo; la grabación de dichas voces; la selección de los elementos paratextuales que integren cada una de las cápsulas, tales como las bandas musicales y los efectos sonoros. Con todos los elementos correspondientes al aspecto sonoro en nuestro poder, la edición y montaje de todos estos elementos (que como se puede apreciar, junto al silencio, son los mismos que hacen al lenguaje radiofónico) construimos los cortos de audio que son la base fundamental de las posteriores cápsulas audiomentales, a las que aun les falta la carga significativa que les proporcionarán, más adelante, la presencia o la ausencia de imágenes visuales.”

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Nombre de la Pieza: Veo Imaginaciones: Cápsulas Audiomentales.

Idea Original, Guión, Locución y Edición: Pablo Morelli

Esta Pieza forma parte de la Tesis de Grado de la Licenciatura en Comunicación Social, Facultad de Ciencias de la Educación – Universidad Nacional de Entre Ríos, producida por Pablo Morelli, Paraná, 2016, titulada Veo Imaginaciones. Tesis de Producción: Cápsulas Audiomentales





miércoles, 12 de abril de 2017

CD 176 – Isaac Newton: “A Hombros de Gigantes”


Acerca de su vida...

El 5 de febrero de 1676 Isaac Newton escribió una carta a su más acérrimo rival, Robert Hooke, que contenía la frase  “Si he logrado ver más lejos ha sido porque he subido a hombros de gigantes". Presentada a menudo como un homenaje a los descubrimientos científicos de sus predecesores Galileo, Copérnico y Kepler, esta frase se ha convertido en una de las más citadas de la historia de la ciencia. En efecto, Newton reconoció las contribuciones de aquellos hombres, algunas veces en público otras veces en escritos privados. Pero en su carta a Hooke, Newton se refería a las teorías ópticas -especialmente al estudio de los fenómenos de las láminas finas- a los que Hooke y Descartes habían aportado importantes contribuciones.

Isaac Newton era considerado el padre del estudio del cálculo infinitesimal, la mecánica y el movimiento planetario, y de la teoría de la luz y el color, pero se aseguró un lugar en la historia al formular la fuerza de la gravitación universal y escribir las ecuaciones de las leyes del movimiento y de la atracción en su obra cumbre Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, conocida generalmente como Los Principia. En este libro convergen las contribuciones científicas de Copérnico, Galileo y Kepler, entre otros, en una gran sinfonía dinámica. Los Principia, el primer libro de física teórica del mundo es unánimemente considerado como la obra más importante de la historia de la ciencia y el fundamento científico del mundo moderno.

Newton escribió los tres libros que forman parte de Los Principia en tan solo 18 meses y sorprendentemente entre graves crisis emocionales como las debidas a su competición con Hooke.  Su rencor llegó a tales extremos que suprimió del libro todas las referencias a Hooke aunque no podemos descartar que el mismo sentimiento hacia su colega hubiera sido una de las fuentes de inspiración de Los Principia.

Datos interesantes...

Isaac Newton nació el día de la Navidad de 1642 (según el calendario juliano usado por entonces en Inglaterra, que viene siendo el 4 de enero de 1643 con respecto a nuestro calendario gregoriano) el mismo año de la muerte de Galileo; en la ciudad inglesa de Woolsthorpe en el Lincolnshire. Su madre no tenía muchas esperanzas que sobreviviera ya que nació muy prematuro. 

El padre biológico de Newton (también llamado Isaac) falleció tres meses antes de su nacimiento y su madre Hannah Ayscough se volvió a casar, ahora con Barnabas Smith un rico clérigo de North Witham. Pero en la nueva familia el pequeño Isaac no tenía espacio,  así que lo enviaron al cuidado de su abuela Mergery Ayscough.  El sentimiento de este abandono junto con la tragedia de no haber conocido a su padre persiguió a Newton el resto de su vida, despreciaba a su padrastro; en su diario y en anotaciones de 1662 Newton examinando sus pecados recordó "haber amenazado a mi padre y mi madre Smith con quemarles a ellos y a su casa".

Toda su vida Newton tuvo violentas explosiones de rencor no solamente contra supuestos enemigos sino también contra amigos y familiares pero simultáneamente manifestó tempranamente el tipo de aptitudes que definirían los grandes éxitos de su vida interesándose en modelos mecánicos y en dibujos arquitectónicos, construyendo relojes mecánicos, cometas llameantes, relojes de sol, molinos en miniatura (movidos por ratoncitos) además de dibujar detallados esbozos de animales y barcos.

A los 5 años asistió a la escuela Skillington y Stoke pero fue considerado uno de los peores estudiantes siendo calificado en los informes de sus maestros como "distraído" y "vago". A pesar de su curiosidad y su demostrada pasión por aprender no consiguió aplicarse en las tareas escolares.

Cuando el joven Issac Newton tuvo 10 años, Barnabas Smith murió y Hannah heredó una considerable suma, Isaac y su abuela empezaron a vivir con Hannah, un hermanastro y dos hermanastras. Como el rendimiento de Newton en la escuela era tan precario, Hannah decidió que sería mejor que trabajara en la granja y lo sacó de la escuela gratuita de gramática de Grantham. Desafortunadamente para ella Isaac tenía menos aptitudes para llevar la propiedad de la familia que el que tenía por los deberes escolares. El hermano de Hannah, William, decidió que sería mejor para la familia que el distraído Isaac volviera a la escuela para terminar su educación.

Newton regresó a las labores estudiantiles pero esta vez vivió con el director de la escuela libre de gramática Jhon Stokens cosa que supuso un cambio de rumbo en su educación. Se dice que de alguna manera un golpe en la cabeza que le propinó un matón del patio le iluminó y le permitió corregir el rumbo negativo de sus perspectivas escolares mostrando ahora aptitudes intelectuales y curiosidad. Entonces Newton empezó a prepararse para continuar sus estudios en una universidad, la Trinity College.

En Trinity, Newton recibía una ayuda para pagar el coste de su educación a cambio de hacer diversos trabajos como servir mesas y limpiar habitaciones para la facultad pero en 1664 fue admitido como becario lo que le garantizó apoyo económico y le permitió liberarse de las tareas domésticas. Cuando la universidad cerró sus aulas a causa de una epidemia de fiebre bubónica en 1665, Newton se retiró al Lincolnshire y , en los 18 meses que pasó en casa a causa de la epidemia, se dedicó por su cuenta a la mecánica y las matemáticas, y empezó a concentrarse en óptica y gravitación. Ese "annus mirabilis" (año milagroso) como Newton lo llamó fue uno de los períodos más productivos y fértiles de su vida, pues es en ese período en que -cuenta la leyenda-  le cayó una manzana sobre su cabeza despertándole de una siesta bajo un árbol y animándole a definir las leyes de la gravitación. Fue el mismo Newton el que escribió que la caída de una manzana había "ocasionado" su irrupción en el estudio de la gravitación y se cree que fue entonces cuando realizó todos sus experimentos con péndulos "Estaba en la flor de mi vida de investigador (recordó Newton, años después) y las matemáticas y la filosofía me apasionaban como nunca lo han hecho desde entonces"

Un acontecimiento en Cambridge ejerció una profunda influencia sobre el futuro de Newton: la llegada de Isaac Barrow, que había sido nombrado profesor lucasiano de matemáticas. Barrow reconoció las extraordinarias aptitudes matemáticas de Newton y cuando dimitió de su cátedra en 1669 para dedicarse a la teología recomendó como sucesor en la cátedra al joven Newton de 27 años.

Al inicio en su cargo como profesor lucasiano de matemáticas, Newton había hecho grandes progresos en sus estudios de matemáticas puras, pero compartía su trabajo con muy pocos colegas. Ya en 1666 había descubierto métodos generales de resolver problemas de curvatura, lo que él denominó Teorías de fluxiones y fluxiones inversas.                            

Este descubrimiento provocó una agria disputa con los partidarios del matemático y filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, que más de una década después publicó sus descubrimientos de cálculo diferencial e integral. Ambos llegaron más o menos a los mismos resultados matemáticos pero Leibniz publicó su trabajos antes que Newton así que los partidarios Newtonianos acusaban a Leibniz de haber visto los manuscritos del profesor lucasiano unos años antes y el apasionado debate entre ambas partes no concluyó hasta la muerte de Leibniz en 1716. Las acusaciones de plagio, amargaron y empobrecieron a Leibniz (los investigadores modernos creen que ambos llegaron al mismo resultado por caminos diferentes y la discusión carecía de sentido).

Hacía 1666 Newton ya había empezado a proponer teorías del movimiento pero todavía no era capaz de explicar adecuadamente la mecánica del movimiento circular. Aun así, Newton se propuso descubrir la causa de que las órbitas de los planetas en su movimiento alrededor del Sol fuera elípticas (Kepler quien formuló sus tres ecuaciones que describían con precisión el movimiento de los planetas alrededor del sol no pudo explicar la razón de sus órbitas a lo que dijo que estaban relacionados magnéticamente). Aplicando su propia ley de la fuerza centríNewton fuga a la tercera ley de Kepler del movimiento planetario (ley de las armonías) dedujo entonces la ley del inverso de los cuadrados que establece que la fuerza de gravedad entre dos objetos cualesquiera es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre sus centros. reconocía así que la gravitación es universal, que una sola fuerza -la misma que hace que una manzana caiga al suelo- es la misma que hace que la Luna gire alrededor de la Tierra.

A comienzos de la década de 1670 las discusiones mantenidas en los cafés de Londres y otros cenáculos intelectuales sostenían que la gravedad emanaba del Sol en todas direcciones y disminuía con un ritmo inverso al cuadrado de la distancia diluyéndose más y más a medida que aumentaba la superficie de la esfera. Robert Hooke declaró que había deducido la ley de Kepler de las elipses a partir de la idea de que la gravedad era una fuerza de emanación pero que no develaría su deducción a Halley ni a Wren (Hooke, Halley y Halley eran miembros de la Royal Society en donde Christopher Wren era el célebre arquitecto de la catedral de San Pablo en Londres) hasta que estuviera a punto de hacerla pública. Furioso Halley fue a Cambridge y le contó a Newton las pretensiones de Hooke y le planteó el siguiente problema: ¿Cuál sería la forma de la órbita de un planeta alrededor del Sol si éste fuera atraído hacia aquel por una fuerza inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que separa sus centros? y respondiendo inmediatamente la respuesta de Newton fue categórica y asombrosa: Sería una elipse; dijo casi sin inmutarse y añadió que había resuelto ese problema 4 años atrás pero que la demostración la había extraviado en algún rincón de su despacho.

A petición de Halley, Newton pasó trabajando tres meses rehaciendo y mejorando la demostración de ese problema, y durante los 18 meses en que escribió su obra cumbre solía absorberse tanto en su trabajo que olvidaba comer. Para Halley, el profesor lucasiano de matemáticas había triunfado donde todos los demás habían fracasado, así que financió personalmente la publicación de la voluminosa obra como una obra maestra y un regalo a la humanidad. Donde Galileo había demostrado que los objetos son estirados hacia el centro de la Tierra, Newton logró demostrar que esa misma fuerza de gravedad afectaba las órbitas de los planetas, la trayectoria de la Luna alrededor de la Tierra, la subida y bajada de las mareas en la Tierra, la caída de una manzana, entre otras.  

El Libro Primero de Los Principia abarcaba en su totalidad  las tres leyes de Newton del movimiento: 

1) Todo cuerpo sigue en su estado de reposo o de movimiento uniforme rectilíneo, a menos que sea obligado a cambiar dicho estado por fuerzas externas

2) El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza que actúa sobre el cuerpo y tiene lugar en la dirección en que se aplica la fuerza.

3) A cada fuerza de acción se le opone una reacción igual  a las acciones mutuas entre dos cuerpos, siempre son iguales y dirigidas en sentidos opuestos.

El Libro Segundo empezó como una prolongación del Libro Primero,  que no estaba incluido en el plan original de la obra, es esencialmente un tratado sobre la mecánica de fluidos y permitió a Newton exhibir su talento matemático. Hacia el final del libro, Newton concluyó que los vórtices invocados por Descartes para explicar los movimientos de los planetas no resisten un análisis detallado ya que los movimientos se pueden realizar en un espacio libre y sin vórtices “Porque así es" escribió Newton "Puede ser comprendido en el Libro Primero y lo trataré más detalladamente en el libro siguiente" concluyó.   

El Libro Tercero subtitulado “Sobre el sistema del mundo" Newton concluía que "hay una fuerza de gravitación que tiende hacia todos los cuerpos, proporcional a la cantidad de materia que contiene cada uno de ellos". 

Los Principia fueron celebrados con moderación al ser publicados en 1687 pero la primera edición solo constó de unos 500 ejemplares. Sin embargo, el némesis de Newton, Robert Hooke había amenazado con aguar la fiesta que Newton hubiera podido disfrutar. Cuando apareció El Libro Segundo, Hooke afirmó públicamente que las cartas que había escrito en 1679 habían proporcionado ideas científicas vitales para los descubrimientos de Newton. Sus pretensiones aunque dignas de atención, a Newton le parecieron abominables y fue entonces cuando juró retrasar o incluso abandonar la publicación de Libro Tercero. Al final cedió y lo publicó no sin antes eliminar cuidadosamente cualquier mención al nombre Hooke.

El libro más leído de Newton fue Opticks (del cual también retrasó su publicación) su importante estudio de la luz y el color. En 1693 sufrió otra crisis nerviosa y dejó de investigar y  de asistir a la Royal Society hasta la muerte de Hooke en 1703. Entonces fue elegido presidente y reelegido cada año hasta su propia muerte en 1727 

Newton empezó el siglo 17 ocupando el cargo oficial de Director de la Real Casa de la Moneda donde usando su experiencia en alquimia determinó métodos para establecer la integridad de la moneda inglesa. Como Presidente de la Royal Society continuó batallando con determinación contra sus supuestos enemigos, prolongando su eterna disputa en especial con Leibniz sobre su rivalidad acerca de quien había inventado el cálculo.

Fue nombrado Caballero por la Reina Ana en 1705 y vivió para la segunda y tercera edición de Los Principia.

Sir Isaac Newton falleció en marzo de 1727 tras accesos de inflamación pulmonar y gota. Tal como se lo propuso no tuvo rival en el campo de las ciencias exactas, tampoco se conoce oficialmente alguna relación sentimental con alguna mujer. 

El poeta Alexander Pope, contemporáneo de Newton expresó con gran elegancia el regalo del pensador a la humanidad: “La naturaleza y sus leyes yodan en la noche, Dios dijo: " ¡¡Sea Newton!!”  y todo se hizo luz.” 

Pese a sus mezquinas disputas y su innegable arrogancia hacia el ocaso de su vida Sir Isaac Newton fue considerablemente modesto al enjuiciar sus éxitos: “No sé qué pareceré al Mundo, pero tengo la impresión de haber sido tan solo como un niño jugando en la costa, divirtiéndome en buscar allí y allá un guijarro más liso o más hermoso que de ordinario mientras el gran océano de la verdad yace ante mí completamente por descubrirse”.


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Edición: Blanca Curia

jueves, 30 de marzo de 2017

CD 175 – Edgar Allan Poe: Las Sombras de una Neurosis


Detrás de Poe

Por Jorge Luis Borges *

Detrás de Poe, (como detrás de Swift, de Carlyle, de Almafuerte) hay una neurosis. Interpretar su obra en función de esa anomalía puede ser abusivo o legítimo. Es abusivo cuando se alega la neurosis para invalidar o negar la obra; es legítimo cuando se busca en la neurosis un medio para entender su génesis. Arthur Schopenhauer ha escrito que no hay circunstancia de nuestra vida que no sea voluntaria; en la neurosis, como en otras desdichas, podemos ver un artificio del individuo para lograr un fin. La neurosis de Poe le habría servido para renovar el cuento fantástico, para multiplicar las formas literarias del horror. También cabría decir que Poe sacrificó la vida a la obra, el destino mortal al destino póstumo.
Nuestro siglo es más desventurado que el XIX; a ese triste privilegio se debe que los infiernos elaborados ulteriormente (por Henry James, por Kafka) sean más complejos y más íntimos que el de Poe. La muerte y la locura fueron los símbolos de que éste se valió para comunicar su horror de la vida; en sus libros tuvo que simular que vivir es hermoso y que lo atroz es la destrucción de la vida, por obra de la muerte y de la locura. Tales símbolos atenúan su sentimiento; para el pobre Poe el mero hecho de existir era atroz. Acusado de imitar la literatura alemana, pudo responder con verdad: El terror no es de Alemania, es del alma. Harto más firme y duradera que las poesías de Poe es la figura de Poe como poeta, legada a la imaginación de los hombres. (Lo mismo ocurre con Lord Byron, tal vez con Goethe). Algún verso inmemorable - Was it not Fate, that, on this July midnight - honra y acaso justifica sus páginas, lo demás es mera trivialidad, sensiblería, mal gusto, débiles remedos de Thomas Moore. Aldous Huxley se ha distraído vertiendo al singular dialecto de Poe alguna estrofa sentenciosa de Milton; el resultado es lamentable, sin bien cabría objetar que un párrafo de El escarabajo de oro o de Berenice, traducido a la inextricable prosa del Tetrachordon, lo sería aún más. Nuestra imagen de Poe, la de un artífice que premedita y ejecuta su obra con lenta lucidez, al margen del favor popular, procede menos de las piezas de Poe que de la doctrina que enuncia en el ensayo The philosophy of composition. De esa doctrina, no de Dreamland o de Israfel, se derivan Mallarmé y Paul Valéry. Poe se creía poeta, sólo poeta, pero las circunstancias lo llevaron a escribir cuentos, y esos cuentos a cuya escritura se resignó y que debió encarar como tareas ocasionales, son su inmortalidad. En algunos
(La verdad sobre el caso del señor Valdemar, Un descenso al Maelström) brilla la invención circunstancial; otros (Ligeia, La máscara de la Muerte Roja, Eleonora) prescinden de ella con soberbia y con inexplicable eficacia. De otros (Los crímenes de la Rue Morgue, La carta robada) procede el caudaloso género policial que hoy fatiga las prensas y que no morirá del todo, porque también lo ilustran Wilkie Collins y Stevenson y Chesterton. Detrás de todos, animándolos, dándoles fantástica vida, están la angustia y el terror de Edgar Allan Poe. Espejo de las arduas escuelas que ejercen el arte solitario y que no quieren ser voz de los muchos, padre de Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valery, Poe indisolublemente pertenece a la historia de las letras occidentales, que no se comprende sin él. También, y esto es más importante y más íntimo, pertenece a lo intemporal y a lo eterno, por algún verso y por muchas páginas incomparables. De éstas yo destacaría las últimas del Relato de Arthur Gordon Pym de Nantucket, que es una sistemática pesadilla cuyo tema secreto es el color blanco.
Shakespeare ha escrito que son dulces los empleos de la adversidad; sin la neurosis, el alcohol, la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Esto creó un mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó perdurará, el otro es casi un sueño.
Inaugurada por Baudelaire, y no desdeñada por Shaw, hay la costumbre pérfida de admirar a Poe contra los Estados Unidos, de juzgar al poeta como un ángel extraviado, para su mal, en ese frío y ávido infierno. La verdad es que Poe hubiera padecido en cualquier país. Nadie, por lo demás, admira a Baudelaire contra Francia o a Coleridge contra Inglaterra.

(* Publicado en La Nación (Buenos Aires) domingo 2 de octubre de 1949, Segunda Sección, p. 1)

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martes, 14 de marzo de 2017

CD 174 – Con Voz Propia: Ricardo Piglia


Un Día en la Vida

Un tiempo después de aquel viaje al sur, a los dieciséis años, yo cortejaba, digamos así, dijo, a Elena, una bella muchacha, muchísimo más culta que yo, con la que cursaba el tercer año del Colegio Nacional de Adrogué. Una tarde veníamos por una calle arbolada junto a un muro pintado de celeste, que todavía veo con nitidez, y ella me preguntó qué estaba leyendo.

Yo, que no había leído nada significativo desde la época del libro al revés, me acordé que había visto, en la vidriera de una librería, La peste de Camus, otro libro de tapas azules, que acababa de aparecer. La peste de Camus, le dije. ¿Me lo podés prestar?, dijo ella.

Me acuerdo que compré el libro, lo arrugué un poco, lo leí en una noche y al día  siguiente se lo llevé al colegio… Había descubierto la literatura no por el libro sino por esa forma afiebrada de leerlo ávidamente con la intención de decir algo a alguien sobre lo que había leído: pero ¿qué?... Eterna cuestión. Fue una lectura distinta, dirigida, intencional, en mi cuarto de estudiante, esa noche, bajo la luz circular de la lámpara… De Camus no me interesa La peste, pero recuerdo al viejo que le pegaba a su perro y cuando al fin el perro se escapa, lo busca desolado por la ciudad.

¿Y cuántos libros he comprado, alquilado, robado, prestado, perdido, desde entonces? ¿Cuánto dinero invertido, gastado, derrochado en libros? No recuerdo todo lo que he leído, pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca: épocas, lugares, podría organizar los volúmenes cronológicamente. El libro más antiguo es La peste. Luego hay una serie de dos: El oficio de vivir de Pavese y Stendhal par lui-même. Fueron los primeros que compré, a los que siguieron cientos y cientos. Los he traído y llevado conmigo como un talismán o un fetiche, y los he puesto sobre las paredes de piezas de pensión, departamentos, casas, hoteles, celdas, hospitales.

Se puede ver cómo es uno a lo largo del tiempo sólo con hacer un recorrido por los muros de la biblioteca: sobre Pavese escuché una conferencia de Attilio Dabini y compré el libro (porque yo también escribía un diario). Stendhal par lui-même lo encontré en la librería Hachette de la calle Rivadavia. Recuerdo el tren en el que volvía a Adrogué y el guarda que apareció por el pasillo y no me dejó terminar la frase que estaba escribiendo atrás en el libro. Quedó una frase incompleta, ese rastro (Es difícil ser sincero cuando se ha perdido… ¿qué?) no sé si es una cita o una frase mía (las que nos vienen a la cabeza cuando leemos). Puedo ver cómo cambian las marcas, los subrayados, las notas de lectura de un mismo libro a lo largo de los años. En El oficio de vivir, por ejemplo, Editorial Raigal, traducción de Luis Justo. Está firmado con mis iniciales ER con la fecha 22 de julio de 1957. Anotaba impresiones en los márgenes o en la última página: El diario como contraconquista o los múltiples modos de perder una mujer. Anotaba ver p. 65. Y algunas citas: «Así termina nuestra juventud: cuando vemos que nadie quiere nuestro ingenuo abandono». Y en la  primera hoja blanca del libro, antes de los títulos, hay una de las tantas listas que he hecho siempre con la intención de dar por hecho lo que he escrito: Llamar a Luis, Latín II (martes y jueves) y, más abajo, una de las tantas anotaciones supersticiosas. En ese momento estaba escribiendo mis primeros relatos, me interesaba «vivamente» saber cuánto tardaba un escritor en escribir un libro y reconstruí la cronología de la obra de Pavese partir de su diario.

27 de noviembre 1936 - 15 de abril de 1937: Il carcere.
3 de junio - 16 de agosto de 1939: Paese tuoi.
septiembre de 1947 - febrero de 1948: La casa en la colina.
junio-octubre de 1948: Il diavolo sulle colline.
marzo-junio de 1949: Tra donne sole.
septiembre-noviembre de 1949: La luna e i falò.

En aquel entonces escribir un cuentito de cinco páginas me llevaba tres meses.

La peste y El oficio de vivir fueron los primeros libros propios, digamos así, y mi último libro lo conseguí ayer a la tarde, fue The BlackEyed Blonde (A Philip Marlowe novel) de Benjamin Black, me lo regaló Giorgio, un amigo. Tenés que escribir algo, me dice, dijo Renzi, es Chandler pero le falta…  ¿Qué le falta?, preguntó mi amigo. El touch, pensé, le falta la mugre, como dicen los tangueros cuando un tango está sólo «bien» tocado…

Renzi abrió el libro y leyó: «It was one of those Tuesdays in summer when you begin to wonder if the earth has stopped revolving». Así empieza; es lo mismo, pero no es lo mismo (tal vez porque sabemos que no es de Chandler…).

Demasiados pastiches, viejo, esta temporada, dijo ahora, demasiadas parodias, prefiero el plagio directo…

Me lo podés prestar, me dijo Elena. No sé qué fue de ella después, pero si no me  hubiera hecho esa pregunta, quién sabe qué habría sido de mí…  Ya no hay destino, no hay oráculos, no es cierto que todo esté escrito en la vida pero, pienso a veces, si no hubiera leído ese libro, o mejor, si no lo hubiera visto en la vidriera, quizá no estaría aquí. O si ella no me lo hubiera pedido, ¿no? Quién sabe… Exagero, retrospectivamente, pero recuerdo con ardor esa lectura, un cuarto al fondo, una lámpara de escritorio, ¿qué decirle a una mujer de una novela? ¿Contarla de nuevo? Tampoco el libro valía mucho, demasiado alegórico, un estilo pesado, profundo, sobreactuado, pero, en fin, ahí pasó algo, hubo un cambio… Nada especial, una tontería, la verdad, pero esa noche estuve otra vez, hablando en sentido figurado, en el umbral: sin saber nada de nada, haciendo que leía… 

- Oh, el azar, los azahares, las muchachas en flor… Tengo setenta y tres años viejo, y sigo ahí, sentado con un libro, a la espera…

(Fuente: Ricardo Piglia (2015): Los diarios de Emilio Renzi. Años de formción. Editorial Anagrama, Barcelona)

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Ficha Técnica:
“Los Libros de mi Vida. Ensayo de una autobiografía futura”, Conferencia de Ricardo Piglia brindada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, mayo de 2015. La presentación estuvo a cargo de Juan Barja, Director del CBA) 
Producción General y Edición: Blanca Curia