martes, 14 de marzo de 2017

CD 174 – Con Voz Propia: Ricardo Piglia


Un Día en la Vida

Un tiempo después de aquel viaje al sur, a los dieciséis años, yo cortejaba, digamos así, dijo, a Elena, una bella muchacha, muchísimo más culta que yo, con la que cursaba el tercer año del Colegio Nacional de Adrogué. Una tarde veníamos por una calle arbolada junto a un muro pintado de celeste, que todavía veo con nitidez, y ella me preguntó qué estaba leyendo.

Yo, que no había leído nada significativo desde la época del libro al revés, me acordé que había visto, en la vidriera de una librería, La peste de Camus, otro libro de tapas azules, que acababa de aparecer. La peste de Camus, le dije. ¿Me lo podés prestar?, dijo ella.

Me acuerdo que compré el libro, lo arrugué un poco, lo leí en una noche y al día  siguiente se lo llevé al colegio… Había descubierto la literatura no por el libro sino por esa forma afiebrada de leerlo ávidamente con la intención de decir algo a alguien sobre lo que había leído: pero ¿qué?... Eterna cuestión. Fue una lectura distinta, dirigida, intencional, en mi cuarto de estudiante, esa noche, bajo la luz circular de la lámpara… De Camus no me interesa La peste, pero recuerdo al viejo que le pegaba a su perro y cuando al fin el perro se escapa, lo busca desolado por la ciudad.

¿Y cuántos libros he comprado, alquilado, robado, prestado, perdido, desde entonces? ¿Cuánto dinero invertido, gastado, derrochado en libros? No recuerdo todo lo que he leído, pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca: épocas, lugares, podría organizar los volúmenes cronológicamente. El libro más antiguo es La peste. Luego hay una serie de dos: El oficio de vivir de Pavese y Stendhal par lui-même. Fueron los primeros que compré, a los que siguieron cientos y cientos. Los he traído y llevado conmigo como un talismán o un fetiche, y los he puesto sobre las paredes de piezas de pensión, departamentos, casas, hoteles, celdas, hospitales.

Se puede ver cómo es uno a lo largo del tiempo sólo con hacer un recorrido por los muros de la biblioteca: sobre Pavese escuché una conferencia de Attilio Dabini y compré el libro (porque yo también escribía un diario). Stendhal par lui-même lo encontré en la librería Hachette de la calle Rivadavia. Recuerdo el tren en el que volvía a Adrogué y el guarda que apareció por el pasillo y no me dejó terminar la frase que estaba escribiendo atrás en el libro. Quedó una frase incompleta, ese rastro (Es difícil ser sincero cuando se ha perdido… ¿qué?) no sé si es una cita o una frase mía (las que nos vienen a la cabeza cuando leemos). Puedo ver cómo cambian las marcas, los subrayados, las notas de lectura de un mismo libro a lo largo de los años. En El oficio de vivir, por ejemplo, Editorial Raigal, traducción de Luis Justo. Está firmado con mis iniciales ER con la fecha 22 de julio de 1957. Anotaba impresiones en los márgenes o en la última página: El diario como contraconquista o los múltiples modos de perder una mujer. Anotaba ver p. 65. Y algunas citas: «Así termina nuestra juventud: cuando vemos que nadie quiere nuestro ingenuo abandono». Y en la  primera hoja blanca del libro, antes de los títulos, hay una de las tantas listas que he hecho siempre con la intención de dar por hecho lo que he escrito: Llamar a Luis, Latín II (martes y jueves) y, más abajo, una de las tantas anotaciones supersticiosas. En ese momento estaba escribiendo mis primeros relatos, me interesaba «vivamente» saber cuánto tardaba un escritor en escribir un libro y reconstruí la cronología de la obra de Pavese partir de su diario.

27 de noviembre 1936 - 15 de abril de 1937: Il carcere.
3 de junio - 16 de agosto de 1939: Paese tuoi.
septiembre de 1947 - febrero de 1948: La casa en la colina.
junio-octubre de 1948: Il diavolo sulle colline.
marzo-junio de 1949: Tra donne sole.
septiembre-noviembre de 1949: La luna e i falò.

En aquel entonces escribir un cuentito de cinco páginas me llevaba tres meses.

La peste y El oficio de vivir fueron los primeros libros propios, digamos así, y mi último libro lo conseguí ayer a la tarde, fue The BlackEyed Blonde (A Philip Marlowe novel) de Benjamin Black, me lo regaló Giorgio, un amigo. Tenés que escribir algo, me dice, dijo Renzi, es Chandler pero le falta…  ¿Qué le falta?, preguntó mi amigo. El touch, pensé, le falta la mugre, como dicen los tangueros cuando un tango está sólo «bien» tocado…

Renzi abrió el libro y leyó: «It was one of those Tuesdays in summer when you begin to wonder if the earth has stopped revolving». Así empieza; es lo mismo, pero no es lo mismo (tal vez porque sabemos que no es de Chandler…).

Demasiados pastiches, viejo, esta temporada, dijo ahora, demasiadas parodias, prefiero el plagio directo…

Me lo podés prestar, me dijo Elena. No sé qué fue de ella después, pero si no me  hubiera hecho esa pregunta, quién sabe qué habría sido de mí…  Ya no hay destino, no hay oráculos, no es cierto que todo esté escrito en la vida pero, pienso a veces, si no hubiera leído ese libro, o mejor, si no lo hubiera visto en la vidriera, quizá no estaría aquí. O si ella no me lo hubiera pedido, ¿no? Quién sabe… Exagero, retrospectivamente, pero recuerdo con ardor esa lectura, un cuarto al fondo, una lámpara de escritorio, ¿qué decirle a una mujer de una novela? ¿Contarla de nuevo? Tampoco el libro valía mucho, demasiado alegórico, un estilo pesado, profundo, sobreactuado, pero, en fin, ahí pasó algo, hubo un cambio… Nada especial, una tontería, la verdad, pero esa noche estuve otra vez, hablando en sentido figurado, en el umbral: sin saber nada de nada, haciendo que leía… 

- Oh, el azar, los azahares, las muchachas en flor… Tengo setenta y tres años viejo, y sigo ahí, sentado con un libro, a la espera…

(Fuente: Ricardo Piglia (2015): Los diarios de Emilio Renzi. Años de formción. Editorial Anagrama, Barcelona)

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Ficha Técnica:
“Los Libros de mi Vida. Ensayo de una autobiografía futura”, Conferencia de Ricardo Piglia brindada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, mayo de 2015. La presentación estuvo a cargo de Juan Barja, Director del CBA) 
Producción General y Edición: Blanca Curia