martes, 14 de junio de 2016

CD 156 – Con Voz Propia: Julio Cortázar II


 Cinco razones para volver a leer Rayuela

de Julio Cortázar

Philip Potdevin

¿Qué hace tan importante a esta novela de Julio Cortázar? ¿En qué radica su valor, tanto al momento de ser publicada, en junio de 1963, como hoy, más de medio siglo más tarde?

Descifrar el misterio de Rayuela es una de las disciplinas favoritas de los eruditos de la literatura. No hay carrera de literatura donde no se ofrezca un seminario dedicado analizar a profundidad la novela del célebre argentino.

Hay miles de páginas de críticos, escritores, semiólogos y expertos que alegan haber descifrado las claves y sentidos del libro. Al ser catalogada, desde su publicación, como una novela abierta, ha quedado la puerta de par en par para proponer innumerables lecturas y análisis.

Sin embargo, como decía el gran músico norteamericano Aaron Copland en referencia a la música clásica: “La música no hay que entenderla, basta con disfrutarla.” Lo mismo vale para Rayuela: no es necesario ser un lector avanzadísimo o matricularse seis meses en un seminario para sacarle el gusto a esa fascinante historia entre Oliveira y La Maga.

Sin embargo, hay claves que sirven para entender su encanto, o razones que la convierten en una novela fundamental en la literatura hispanoamericana. Aquí cinco de ellas.

1. Es Original

Cortázar escribe Rayuela en plena madurez, en torno a su 45 años, y luego de haber escrito tres novelas (de las cuales sólo publica una, Los Premios, mientras que las otras dos, bastante flojas, serán publicadas póstumamente), y varios libros de cuentos muy exitosos y de excelente factura, como Bestiario, Final de fuego, Las armas secretas; un poema épico, Los Reyes, y otro libro inclasificable, Historias de cronopios y famas.

Rayuela es una novela fundamental por cuanto rompe con la obra anterior suya y, aún más, con la literatura escrita hasta entonces, no sólo en Latinoamérica sino en Europa y Norteamérica en el Siglo XX. Sólo se han encontrado paralelos e influencias en la novela Tristam Shandy, publicada en 1767 del inglés Laurence Sterne. La novela de Cortázar es original por cuanto tiene una estructura paralela que se entrecruza la una con la otra.

Hay dos secciones, una titulada ‘Del lado de allá’, con 56 capítulos que se dejan leer de manera secuencial, y otro, ‘De otros lados’, subtitulado ‘Capítulos prescindibles’, que van hasta el 155, la mayoría de ellos muy cortos, a veces de un sólo párrafo con un par de líneas de extensión. Por supuesto ningún lector atento omite esta segunda parte, a pesar de la inquietante sugerencia del autor, puesto que allí está la clave de mucho de lo que sucede en la primera; además allí abundan reflexiones sobre literatura, artes y cultura que forman parte integral de la novela, además de citas y recortes tomadas de la prensa a manera de libro de recortes.

En su atrevida originalidad, Cortázar, invita al lector a leer la novela de varias formas: Saltando, como en la rayuela infantil, entre una parte y la otra, según las indicaciones que se dan al final de cada capítulo o leyendo las partes por separado o prescindiendo totalmente de la segunda parte o incluso, descuadernando el libro, intercalando cada capítulo en el orden sugerido y volviéndolo a armar para leerla linealmente según la sugerencia del autor.

Una lectura desestructurada como esa se le ocurre a Cortázar en 1963, cuando la novela que se escribía en el mundo en ese entonces seguía siendo muy formal y convencional. Esa forma es tan insólita y creativa, que después de esa fecha ya ningún autor serio se atreverá a proponer algo parecido pues cualquier remedo resultaría un fracaso absoluto.

2. Se deja leer

A pesar de sus 635 páginas, Rayuela no se puede considerar un mamotreto: es una novela que se lee de manera vertiginosa y con absoluto deleite para el lector. Los diálogos están llenos de humor, de ironía, de sarcasmo, de toma y dame entre los personajes, en un lenguaje coloquial y sin elaboraciones encumbradas, pero sin caer en simplezas. El juego de saltar de un capítulo a otro, que da el título a la novela, es sólo el comienzo del aspecto lúdico que atraviesa las páginas de la novela. Los personajes están dispuestos a tomarse la vida como les viene, sin mayores pretensiones: para ellos lo importante es el diálogo, la música, el aquí y el ahora.

Hay un pasaje, de los más celebres de la novela, llamado el capítulo del tablón, en el que las dos parejas de protagonistas: Oliveira y La Maga, Traveler y Talita, que son vecinos en edificios enfrentados, tienden un tablón sobre el vacío, de ventana a ventana, para cruzar de un apartamento al otro. La escena es absurda, divertida y a la vez de gran profundidad, siempre apuntando a lo literal de la escena y, a la vez, a todo lo simbólico detrás del tablón que une las dos viviendas.

3. Es erótica

El pasaje más citado de Rayuela, y a la vez el más erótico es el capítulo 68. Está escrito en un idioma que Cortázar inventa y denomina gíglico, lengua que no se requiere aprender formalmente para entenderla a la perfección, sólo basta una pizca de imaginación. Aquí podemos apreciar el capítulo en su totalidad:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sústalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios.

Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”.

4. Es musical

Los personajes de Rayuela, que conforman el llamado Club de la Serpiente en París, oyen todo el tiempo discos de jazz, blues y bepop, en especial a Charlie Parker, pero también a Louis Armstrong, Dizzy Gillespie, Bessie Smith, Fats Waller, Oscar Peterson, Thelonius Monk, Kenny Clarke, entre otros.
Incluso en eso, Cortázar rompe con la tradición latinoamericana al poner en primer plano una música no local como protagonista de su novela. El jazz con su informalidad, su espontaneidad y sus formas improvisadas son el trasfondo sobre el cual la misma novela está construida. La novela, al igual que el jazz, se despliega frente al lector de forma espontánea por vericuetos sorpresivos.

5. Es trascendente

Rayuela también tiene su faceta profunda, la que más fascinación genera en los críticos. Hay una búsqueda personal, en espiral, hacia el centro del sí-mismo de Horacio Oliveira y Manolo Traveler. El uno desde París y el otro desde Buenos Aires. Ambos llevan sus vidas a través de los laberintos de las dos ciudades que constituyen el eje Europa-Sur América, en un afanoso e incansable viaje hacia lo que llaman el centro. Pero también es la fusión de los opuestos entre París y Buenos Aires, el cosmopolitismo de la primera y la calurosa pesadez del Buenos Aires de los años cincuenta.

Fusión a la vez entre el racionalismo cartesiano occidental y el conocimiento intuitivo de Oriente, entre el desorden de Oliveira y la perfección de La Maga, su amante uruguaya en París. Rayuela es confluencia de oposiciones entre Traveler, el amigo de juventud de Oliveira y su compañera Talita. París es una metáfora dice Oliveira, a la que jamás se llega a conocer totalmente. Oliveira trata de llegar al centro de París a través del conocimiento de la clochard, la mendiga típica de las calles parisinas, que representa el substrato más bajo de la ciudad luz. En el capítulo final de la primera parte, llega casi a una comunión con Emanuelle, la clochard, fétida y borracha en una aventura escabrosa a orillas del Sena.

Oliveira es el perfecto metafísico que se pasa la vida buscándose el centro de sí mismo. Es una indagación desesperada donde Oliveira desea dejar caer todo lo que le rodea para ver si así encuentra el verdadero centro, lo que él llama, eje, razón de ser, el ombligo. Pero esta búsqueda le lleva a caer en la incomunicación total y pensar que sus peligros son solo metafísicos, los mismos que le llevarán a la locura.

Oliveira gira en torno al espiral, vive buscando cuál es la entrada y no la encuentra. En sus sueños imagina que está en todas partes, que posee el don de la ubicuidad. Pero termina resignándose y admite que le va a doler el resto de su vida no poder hacerse una idea de qué es el centro, o sea no llegar jamás a su propio yo o sí-mismo.

Oliveira busca escaparse de su soledad con lo opuesto que es el gregarismo, lo que llama la gran ilusión de la compañía ajena, solo para darse cuenta que esa soledad es peor aún. Es el hombre solo en la sala de los espejos. El lamento último es saberse solo, conocerse al borde de la otredad y no poder franquearla, porque para hacerlo se necesita la mano desde afuera, desde lo otro para que se la tienda, pero esta no existe. Al final de la novela, cuando Oliveira intenta suicidarse en el manicomio, dice, al ver abajo de la ventana una rayuela pintada en el cemento, que si se tira es probable que caiga en el cielo, o sea en el centro o eje principal de la rayuela.

Al igual a cómo dice los gardelianos, que Carlitos cada día canta mejor, Rayuela no solo admite múltiples relecturas sino también continúa invitando al lector que no la conoce, a que se le acerque, sin elevadas pretensiones de disección literaria, para dejarse descubrir en su maravillosa originalidad y su frescura a pesar de estar entrando en su segunda.


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